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LECTURA SOBRE UN MONTÓN DE PIEDRAS DE IMPRENTA
El Domingo ha sido siempre un día en el que todos
los hombres ocupan a la vez el mismo sitio
y regresan luego oyendo el desmoronamiento.
Malestar de una rama que no tocó la frente,
el cuello subyugado en la caja del festín.
Jugar con el antebrazo del perro doméstico
del que nos separa sólo un foso de cristal todavía caliente,
y saber que pudiera convertirse en el amo de los zapatos
de los niños, o atravesar el río con un corazón
y una zanahoria en la cesta.
El epicentro queda desolado, y únicamente
partículas irrenunciables nos hablan del exilio
cuando volvemos a esa escalera
sembrada de estandartes. El mismo grano en el entrecejo
imposible de curar por la distancia aterradora
de las manos. Y, ya es lunes.
Han sido acumuladas todas las obras de la debilidad
como una aurora sobre la muralla; pero, son los paraguas
litografiados en enormes rocas, los que circundarán
de tumbas el jardín y atestarán después el dormitorio.
El pelo del tabaco recorre la mente y se encamina
al pulso; espera, acaso, sólo un descuido del cincel
para llegar al heliotropo.
Vemos los sótanos. La fotografía de los bordes
de la gran herida familiar,
en la que se combate aún como dentro de una ciudadela.
Semejante a un glaciar que envejece en las manos,
el papel impreso de cada día, tiene
esa tierra oscura de los ojos, mirada
intensamente en la piel de una persona que se desnuda
y nos devuelve lo que somos, torciéndonos
los poros ante la invasión de los abismos.
‑"Todo esto sucede en ti. Estás dentro
de mis piedras entintadas, no huyas".
Y alguien
escribe ya malignamente las depresiones
de nuestro tórax, las cavidades del Partenón en negro.
Con feroz simetría salen por la noche de sus casas,
y se incorporan en la noticia trágica
del otro día. Uñas radiantes hilan los girasoles
del accidente eléctrico. El gran Mono ontológico
es destilado en el vidrio del mingitorio público.
Hasta el Domingo radiactivo que nos conduzca
a todos, al sitio exacto del Vacío.
Sucede. Ocurre.
Las cosas son pensadas por sus hermanas, y
los acontecimientos más aterradores, se escriben
negligentemente con la espuma de las más bellas fibras.
Acaecemos. Repercutimos.
Somos ajusticiados en el acto
de goma de mascar del Parlamento.
El martes, Guerra. Ceniza el miércoles. Y en tanto
que todo es vehemencia y sacrilegio de la materia
en su instintivo ascenso, el milenario escriba
selecciona el rostro de la Reina entre los bulbos
del papiro, lo graba en la humedad del corazón
y comunica al mundo un óvalo encantado en el estilo.
Pero ellos...
Alimentados consuetudinariamente de papel,
el vacío dejado por los insectos en sus rostros,
es suficiente para desesperarlos sobre la terraza bamboleante
del Planeta, si falta la celulosa matinal, o
la danza de los mosquitos borrachos en tinta, o el gusano público
que se calienta en la pupila
solar del Universo.
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